¡Hola, Viajeros!

Acabo de regresar de una visita inolvidable a Teotihuacán, la legendaria «Ciudad de los Dioses», y tengo que compartirles la experiencia completa, incluido el final que me regaló la naturaleza.

La Energía al Subir la Pirámide del Sol

Si han estado allí, saben que la sensación de pararse en la base de la Pirámide del Sol es impresionante. Es una estructura que impone respeto. Subir sus escalones es un ejercicio de fe y piernas. Mientras subía, el sol estaba en lo alto, el cielo estaba de un azul profundo, y se sentía esa energía densa y milenaria que muchos describen. Desde la cima, la vista de la Calzada de los Muertos es espectacular, y pude ver la Pirámide de la Luna luciendo pequeña a la distancia.

Pasé la mayor parte de la mañana recorriendo la Calzada, maravillándome con la precisión de los constructores y tratando de imaginar cómo fue la vida aquí hace miles de años. Me concentré en la Pirámide de la Luna, en el Palacio de Quetzalpapálotl, y en las pequeñas ruinas que a menudo se pasan por alto.

La Señal del Agua: Un Final Dramático

Alrededor de las dos de la tarde, después de haber recorrido la mayor parte del sitio, el cielo empezó a cambiar. El azul brillante se puso de un gris plomizo en cuestión de minutos, y el viento, que había estado tranquilo, comenzó a soplar con fuerza, levantando remolinos de polvo.

Estaba cerca de la Puerta 1, por donde planeaba salir, cuando las primeras gotas cayeron. Eran gotas grandes y dispersas, el tipo de lluvia que te avisa que es mejor buscar refugio rápido. La gente empezó a correr, buscando toldos o la sombra de alguna estructura.

Y entonces, se desató.

No fue una llovizna suave; fue un aguacero en toda regla. Tuve que correr a refugiarme debajo de un techado improvisado, junto a un grupo de personas. Y ahí fue donde la experiencia se hizo mágica.

La Paz Después del Recorrido

Mientras el agua caía a cántaros sobre la antigua ciudad, el ruido de la lluvia lo cubría todo. Las pirámides, que un momento antes estaban llenas de turistas, quedaron vacías y silenciosas, bañadas por el agua que limpiaba el polvo de las piedras.

Ya no había sol abrasador, ya no había el murmullo de las guías. Solo la lluvia cayendo sobre la civilización muerta. Fue un momento de quietud profunda. Era como si la propia naturaleza estuviera dando un respiro y un reset al sitio. Fue la forma perfecta de despedirme de Teotihuacán: con la sensación de que la visité, no solo como un turista, sino como un espectador de algo mucho más grande y atemporal.

Si visitan Teotihuacán, dense tiempo, caminen despacio, y si les toca una sorpresa del clima, ¡no corran! A veces, los momentos más memorables de un viaje son aquellos que no planeamos.


Cuéntanos en los comentarios: ¿Cuál ha sido el momento más inesperado que te ha tocado vivir en una zona arqueológica? ¡Me encantaría leer sus anécdotas!

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